El sitio que complementa las clases de Literatura. Aquí encontrarás los textos que daremos, información sobre ellos, enlaces a videos o audios de interés,todo lo que pueda ayudarte en tu camino como estudiante de esta materia. ¡BIENVENIDO!
lunes, 13 de junio de 2011
Deber opcional
Dejo el video de una entrevista al escritor, para que escuchen y respondan las siguientes preguntas:
¿Desde qué edad escribe Cortázar? ¿Para quiénes? ¿Dónde lo hacía, y por qué su madre había guardado esos textos?
Indique la razón para firmar con seudónimo su primer libro y para no publicar siendo más joven.
¿Qué piensa él cuando ha terminado un libro?
¿Qué característica particular tiene su forma de hablar?
Pueden entregar el trabajo (que es individual y con lapicera) hasta la primera semana después de vacaciones.
domingo, 12 de junio de 2011
TALLER DE TEATRO: texto de la obra
VOCES EN LA OREJA
Personajes
Sol
Madre
Padre
Abuela (Élida)
Abuelo (Samuel)
Hermana “buena”
Hermana “mala”
Prof. de Matemática
Practicante (Jorge)
Adscripta.
Compañero “bueno”
Compañero “malo”
Otros compañeros
Florencia
Luciano
Facundo
Iara
ACTO I
Escena 1
Dormitorio juvenil, con posters de cantantes en las paredes, un uniforme del liceo hecho un bollo en la silla y una persona (Soledad) durmiendo tapada hasta la cabeza. Comienza a sonar el despertador. Sol trata de apagarlo dándole manotazos, pero está tan dormida que le erra siempre. Asoma por la puerta la Madre, de pañuelo en la cabeza y con cara de cansancio)
MADRE: _Nena, ¿te despertaste? (nadie le responde) Hijita, ¿despertaste? (idéntico silencio) ¡Pero, pedazo de una haragana! ¿Me vas a decir cuándo te pensás despertar de una buena vez y vestirte para ir al liceo?
SOLEDAD: _Andá, mamá, ya voy. Es temprano todavía.
MADRE: _Son las siete de la mañana y entrás en media hora. Apurate; te espero en el comedor a tomar la leche.
SOLEDAD:_ Mshí. Shhha voy. Sha estoy yendo… (se da media vuelta y vuelve a taparse la cabeza)
Escena 2
(Cocina de la casa. Mesa servida con tazas de café con leche, pan con manteca y mermelada. Están presentes SAMUEL, el Abuelo, y ÉLIDA, la Abuela, que lee el diario sin mirar a su marido)
SAMUEL: _ ¿Y, vieja? ¿Alguna novedad importante?
ÉLIDA: _ Más o menos… A veeer…Acá dice que hasta el 2014 no les van a dar aumento a los jubilados…
SAMUEL: _¡Pero, qué país de mentira este! Si fuimos los que lo sacamos adelante, los que dimos la vida por estos mocosos de porquería que nos gobiernan, y ahora les ha entrado por olvidarse de los viejos… ¡No te digo yo!
ÉLIDA: _ Bueno, bueno, no te sulfures, que te va a hacer mal… acordate de lo que te dijo el médico…
SAMUEL: _El médico… El médico… ¡El médico que se vaya a…!
ÉLIDA: _ ¡Pero viejo, que te van a oír las nietas!
PADRE (entrando): _ ¿No vieron si Soledad ya salió para el liceo?
SAMUEL: _ Me parece que no se levantó todavía… Como tu señora se la pasa pintándose en el baño, seguro que ni fue a despertarla…
ÉLIDA: _ Mirá que fuiste a elegir la mujer más vaga del barrio para casarte, ¿eh, m’hijito? Y pensar que había tantas atrás tuyo…
PADRE: _ ¡Bueno, menos criticar a mi mujer, que bastante que labura, che! (asomándose al dormitorio de su hijas y hablando con voz muy dulce) Soledaaaad, mi vida… Papi quiere que te levantes, amorcitoooo… Porque… ¿vos sabés lo que le pasa a la nena si no se levanta? (cambiando la voz) ¡Yo le saco la computadora, eso es lo que pasa!
VOZ DE SOLEDAD: _ Ya voy, pa. En serio.
Escena 3 (dormitorio de Soledad. En camas paralelas están las hermanas, quienes la van rodeando y se sientan cada una a un costado de la cama mientras le van hablando)
HERMANA MALA: _Che… ¿Y si te quedás en casa y vemos una peli?
HERMANA BUENA: _Sole, no la escuches a esta, que solo te quiere jorobar…
MALA: _¡Callate! Vos no sabés nada.
BUENA:_ La que no sabe nada sos vos. No sabés nada de Historia, nada de Geografía, nada de Inglés…
MALA: _Claro que sé Inglés, mirá: you-are-i-diot. Solci, dale, decí que estás enferma, ¿eh? Y te pinto las uñas y te maquillo como a vos te gusta, así ves cómo quedás para ir al cumple de Florencia.
BUENA: _Nena, ¿no sabés que tiene escrito de Matemática? Vos porque vas de tarde y no te importa que falte… Dale, Sol. Levantate y andá a desayunar, que tenés que alimentarte bien y dejar contentos a los viejos, ¿sí?
SOLEDAD: _Eh… No sé qué hacer. Me muero de sueño (bosteza) Me olvidé que era lunes, y estuve hasta las 4 en el Face.
MALA: _ Qué bien se está en la camita con este frío, ¿no? Yo que vos me invento una gripe porcina y no me levanto.
BUENA: _Despertate de una vez, Sole, y apurate que tenés Matemática baja, no podés faltar a este escrito, daaaleeee!
SOLEDAD: _Ta bien. Voy.
MALA: _Quedate ahí, no seas boba. ¡Esta otra siempre está haciendo de madre, solo porque es la mayor, no la escuches! Total, mañana vas y pedís para hacerlo después, otro día. No hay drama… (Soledad las mira alternativamente, hace ademán de levantarse, se vuelve a tapar, no sabe qué hacer)
MADRE (que entra con cara de loca): _ ¡Soledad, salís YA para el liceo, te vas aunque sea sin desayunar porque no tenés tiempo y no quiero ningún pero! Si me entero que no fuiste o tenés llegada tarde te quedás sin el cumpleaños de tu amiga Florencia, ¿quedó claro?
(Soledad se incorpora, las mira, las vuelve a mirar y termina por enderezarse lentamente, ponerse el uniforme y salir del dormitorio llevando de arrastro la mochila, mientras la Buena hace gestos de burla a la Mala, que se queda frustrada, sentada en la cama, con los brazos cruzados y refunfuñando)
ACTO 2
Escena única
(Salón de clase a primera hora de la mañana. La profesora de Matemática está planteando el escrito).
PROFE: _ Bueno, muchachos, vayan guardando los cuadernos mientras el practicante reparte las hojas, que no quiero tener que sacarle un escrito a alguien por copiar, ¿está claro?
PRACTICANTE: _ Profesora, ¿quiere que registre los bancos para asegurar que no estén escritos?
PROFE: - Sí, Jorgito, revisalos, gracias. (El Practicante va mirando uno por uno cada banco. Cuando se da vuelta los alumnos le hacer gestos de odio, y cuando va hacia el escritorio se oye una voz que susurra “¡alcahuete!”. Mira a los alumnos, no ve quién lo dijo y termina por sentarse ante el escritorio, donde queda derechito sentado el resto de la clase. Mientras la Profesora escribe en el pizarrón la letra del escrito, se va armando un diálogo entre Soledad y los dos compañeros a sus costados.)
BUENO: _ Y, Sole, ¿estudiaste? Yo me sé todo. Ayer estuve cuatro horas repasando.
SOLEDAD: _ Sí… algo sé… Pero no repasé todos los temas. Creo que tendría que haber repasado más, pero mi hermana menor ayer me estuvo hablando toda la tarde y no me dejaba concentrar…
MALO: _ ¿Y por qué no copiás? Yo siempre hago trencitos y no tengo que repasar. Ayer me pasé toda la noche en el face, pero con el trencito adentro del bolsillo del uniforme estoy tranquilo. Los profes nunca te ven, no pasa nada. Con poner cara de nene bueno, estudioso, y preguntarles algo de vez en cuando, ya está.
SOLEDAD: _ ¿Te parece? Pero yo no hice trencito…
MALO: _ ¡Ah, es fácil, yo te doy uno!
BUENO: _ Nene, pero, ¿vos estás loco? Eso está de menos. No solo das malos consejos sino que traés trencitos para los compañeros…
MALO: _ ¡Achicá, vo’! Había hecho uno ayer pero como me olvidé hoy hice otro, así que no hay drama. Tomá, Sol.
SOLEDAD: _ Eh… Pah… No sé…
MALO: _ ¡Dale, tomá, tomá! Y después me contás cómo te fue, cuando nos veamos en el cumple de Florencia.
SOLEDAD: _ ¿Vas?
MALO: _ ¡Claro! Mi vieja no me iba a dejar pero le inventé que me saqué 8 en Biología y aflojó. ¡Se cree cualquiera!
ADSCRIPTA (entrando): Perdón, Profesora, ¿me dejaría pasar un comunicado a la clase?
PROFESORA: _ ¡Pero estamos en escrito!
ADSCRIPTA: _ ¿En escrito? ¿En época de pruebas? No se puede poner escrito mientras duren las pruebas, Profesora, el Consejo de Educación Secundaria no lo permite, y usted debería saberlo.
PROFESORA: _ Es verdad, me había olvidado que hoy empezaban las pruebas… Bueno, chiquilines, copien las preguntas y las hacen como ejercicio, con el cuaderno, ¿sí? El escrito queda para más adelante. (Gestos de alegría de todos y algún que otro aplauso)
PRACTICANTE: Profesora, ¿me permite ir por los bancos y confirmar que copiaron las preguntas? (“uuuhhh”, dicen bajito)
PROFE: _ Claro que sí, Jorgito. Usted siempre tan responsable… Muchas gracias.
ADSCRIPTA: Bueno, muchachos, yo vine a plantear que el grupo no está trabajando bien. Hemos encontrado bancos y paredes escritos con informaciones para copiar en los escritos de Historia, Matemática y Física, y no vamos a permitir que la copia sea la única manera que tienen de aprobar escritos. Así que a partir de mañana todos se van a quedar 10 minutos por día a limpiar todo lo que escribieron.
TODOS (entreverados): ¡No! Es injusto! ¡Son los del otro turno! ¡Yo no hice nada!
ADSCRIPTA: _ Bueno, no quiero escuchar quejas. El día que trabajen como se debe pueden venir con exigencias, pero, por ahora, a limpiar lo que ensuciaron. (Se va)
BUENO: _ ¿Viste, Sole? Ahora tenés una oportunidad más para estudiar, ¡qué suerte!
MALO: Sí, así mañana te aburrís más, como tu hermana, que se come los libros. Vos no tenés vida. Comprate una en Mercado Libre.
PROFESORA: _A ver, a ver, ¿qué es tanta charla? ¡Trabajen!
PRACTICANTE: _ No se preocupe, Profesora, yo los vigilo. A ver, a ver, ¿qué es tanta charla? ¡Trabajen! (mira a la Profesora, que le hace un gesto de apoyo con el pulgar para arriba y sonríe, mientras los alumnos mueven la cabeza con desaprobación, resoplan y se ponen a hacer los ejercicios…)
ACTO 3
Escena 1
Living de la casa de Florencia. Música, sándwiches, vasos de refresco sobre la mesa. Hay varios compañeros presentes, entre ellos Soledad. Ahora el papel del Bien lo encarna la cumpleañera y el Mal Luciano, amigo de Florencia.
SOLEDAD: _ Che, Flor, ¿a quién más invitaste?
FLORENCIA: _ Eehh… A Noe y Facu, de la clase, y a Agustina, del barrio. Ah, y capaz que viene mi prima Iara.
LUCIANO: _ ¿Invitaste a la tarada de tu prima? ¿A la que no banca nadie? ¿Pero qué hiciste? Vamo’ a trancar con llave…
FLORENCIA: _ Vo', no seas malo, que tarada no es. Que no te haya dado corte no la hace idiota, me parece, ¿no?
SOLEDAD: _ Bueno, bueno, dejen de pelear, che, que son un embole ustedes dos juntos. Siempre lo mismo… Uno dice una cosa y el otro dice otra… ¿No se cansan? Me voy al baño, ya vengo.
LUCIANO: _ Seguro que te vas a arreglar por si viene Facundo, ¿no? Me dijeron que vos y él hace como tres días que están en una historia…
SOLEDAD: _ No sé, no sé… Tal vez… Ja ja! (Se va. Al instante Luciano se pone a hablar en voz baja con Florencia y otra compañera. )
LUCIANO: _ ¿A que no saben lo último de Facundo?
COMPAÑERA: _Sí, ¿qué gracia?, si lo acabás de contar. Que está saliendo con Sole.
LUCIANO: _ ja ja! Eso es lo penúltimo, querida. Lo último es que ayer se arregló con Iara. Los vieron a la vuelta del liceo, de la mano. Y Sole se cree que él se iba a la práctica de fútbol. ¡Hay cada una!
FLORENCIA: _ Tenemos que decirle. No puede ser que todos sepamos y ella sea la única que no se entera de nada.
COMPAÑERA: _ ¿Te parece?
FLORENCIA: _ Sí, claro. Apenas venga se lo digo.
LUCIANO: _ ¡No le digas, Florcita! ¡Es mucho más divertido si no sabe nada, daaaale!
SOLEDAD (volviendo del baño): _ ¿Si no sabe nada quién?
LUCIANO: _ Si no sabe nada… mi vieja. No le conté que me pusieron una observación ayer. Si le decía, hoy no me movía de casa. (Florencia lo mira con cara de enojada. Tocan el timbre y ella abre. Es Facundo, que llega con dos chicas, una de las cuales es Iara. A él se lo ve incómodo. Luciano está con ganas de armar lío)
FLORENCIA: _ ¡Hola, prima! ¡Ay, vinieron juntos!
IARA: _ Sí… Nos encontramos en la esquina.
SOLEDAD: _ ¡Hola, Facu! ¿Cómo andás, Iara? (Sol le va a dar un beso pero Iara lo corre bruscamente de lugar fingiendo que tropieza con algo. Momento de incomodidad general.)
COMPAÑERA: _ Che… ¿Y si jugamos a algo?
FLORENCIA: _ ¡Ay, sí! Buenísimo. Yo tengo una idea.
COMPAÑERA: _ ¿Sí? ¿Cuál? Contanos.
FLORENCIA: _ Se llama “El juego de tu vida”. Le hacemos preguntas a alguien y si miente, pierde.
SOLEDAD: _ Pero eso es una pavada. ¿Nosotros cómo vamos a saber si alguien miente? En la tele les ponen un aparato, pero acá…
FLORENCIA: _ Es lo mismo. Entre nosotros se sabe todo, todo (mirando a Facundo); si uno miente, los demás están obligados a corregirlo y decir la verdad. ¿Juegan?
SOLEDAD: _ Dale, sí, no hay drama.
FACUNDO: _ A mí no me gusta ese juego.
FLORENCIA: _ ¿Por qué? ¿Tenés algo que esconder que no querés jugar?
FACUNDO: _ Ehh… No sé por qué, pero no me gusta. Yo no juego.
FLORENCIA (mirando a Sol): Yo no confiaría en alguien que no juega a la verdad. ¿y Vos, Sole?
LUCIANO: _ Cortala, Flor, dejate de cosas y vamos a comer algo.
FLORENCIA: No, vamos a arrancar. A ver, a ver… Facundo, ya que hablaste, vos empezás. Pregunta número uno: ¿Tenés algo que quieras decir a tus amigos?
FACUNDO (que se pone muy nervioso y empieza a toser) ¿Quién, yo? ¡Ay, Flor, justo me suena el cel! Tengo que atender.
FLORENCIA: _ Yo no escuché que sonara.
FACUNDO: _ Porque lo tengo en vibrador. ¡Hola! ¿Quién es? (Se va a un rincón y finge hablar bajito por teléfono, mientras los demás se miran entre sí.) Hubo un problema en mi casa. Me tengo que ir. Chau. (Se va volando, y detrás de él sale igualmente rápido Iara. Sol queda con cara preocupada).
SOLEDAD: _ Ta, me van a decir qué está pasando…
FLORENCIA: _ Pah…
LUCIANO: _ Nada. Tu nov… Facundo es lo más.
FLORENCIA: _ No le mientas, Luciano. Facundo anda con Iara.
SOLEDAD: _ ¡No! ¿Con tu prima? ¿Y ahora qué hago?
LUCIANO: _ Mirá, yo no te quería decir, pero ahora que sabés yo creo que tenés que agarrar a Iara de los pelos en el patio del liceo, mañana. No podés zafar, tenés que hacerlo. Decile que la esperás afuera a la salida.
FLORENCIA: _Pará, Luciano, pará. Sole no tiene por qué pelearse con nadie, ¿verdad, amiga? Lo mejor es que la ignores, y a él también, Son unos… ¡Pah No sé ni cómo decirlo. Olvidátelos, Sole. No les des importancia.
LUCIANO: _ ¿Cómo? ¿Vos oís lo que estás diciendo? Por supuesto que tiene que revolcar por el piso a la tarada esa. Así la respetan. Si no es como que le dijera que está todo bien, que cualquiera le puede meter los cuernos y no pasa nada.
FLORENCIA: _ Sí, y después la que se mete en líos y termina sancionada es ella. Vos lo único que querés es meter lío para divertirte un rato con la pelea. No le hagas caso, Sole. Oíme; yo creo que vos lo que tenés que hacer…
SOL (que hace un rato que los mira con cara extrañada): _Ta, ya es demasiado. ¡Cortenlá! ¿Me oyen?
LUCIANO Y FLORENCIA (sorprendidos): _ ¿Lo qué?
SOL: _ Dejen de darme ideas, dejen de decirme lo que cada uno quiere que haga, dejen de llenarme la cabeza. ¡Estoy harta! Todo el día, todos los días, en todos lados, siempre hay alguien que me dice “hacé esto”, “hacé lo otro”, “no hagas aquello”, “pensá como yo”, “haceme caso”. Pero yo no soy ustedes. Ta, ya sé que no soy perfecta, que me equivoco, todo lo que quieran, pero cuando lo haga, que sea por mí y no por otro. Y si acierto, que el mérito sea solo mío. Vo’, ¿no entienden? La gracia está en ser uno, no una copia de los demás. Si me miro al espejo quiero ser yo, solo yo. Cortenlá con los consejitos. Yo voy a hacer lo que se me cante.
LUCIANO: _ Sole, dejate de jorobar y mandate el discursito en otra parte, ¿viste?
FLORENCIA: _ No, Luciano, tiene razón. Perdonanos. Lo que pasa que a mí me pareció que lo mejor que podías hacer era…
SOLEDAD (interrumpiéndola): _ ¿Saben qué es lo mejor que podemos hacer todos?
TODOS: ¿Qué?
SOLEDAD: _ Vamo’ a la cocina a buscar otro refresco y a traer la torta, que este es tu cumple, Florencia, y no da para aburrirla… Ya veré mañana qué hago con esos dos… ¡Y cómo hago para sacar alto el dichoso escrito de Matemática!!
FLORENCIA: _ ¡Vamos! Che… ¿Y si hacemos algo para dejar pegado al Practicante?
LUCIANO: _ ¡Eso! ¿Y si le inventamos un romance con la profe en el Facebook?
TODOS: _ ¡De más! (salen rumbo a la cocina, riéndose.) Telón.
jueves, 2 de junio de 2011
JULIO CORTÁZAR "CASA TOMADA"
Casa tomada
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los secretos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba a hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.
Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esta parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica , y la puerta central daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente del pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por le pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso se lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.
Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui hasta el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.
Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
—¿Estás seguro?
Asentí.
—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.
Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.
Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.
—No está aquí.
Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.
Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.
Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:
—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?
Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.
(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba enseguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene se los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.
Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos ahí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida).
Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí el ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y en el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta el cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.
—No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
Julio Cortázar. Bestiario.
JULIO CORTÁZAR "Continuidad de los parques"
CONTINUIDAD DE LOS PARQUES
Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta, él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
JULIO CORTÁZAR
EL HOMBRE PÁLIDO
Todo el día estuvo toldado el sol, y las nubes, negruzcas, inmóviles en el cielo, parecían apretar el aire, haciéndolo pesado, bochornoso, cansador.
A eso del atardecer, entre relámpagos y truenos, aquéllas aflojaron y el agua empezó a caer con rabia, con furia casi; como si le dieran asco las cosas feas del mundo y quisiera borrarlo todo, deshacerlo todo y llevárselo bien lejos.
Cada bicho escapó a su cueva. La hacienda, no teniendo ni eso, daba el anca al viento y buscaba refugio debajo de algún árbol, en cuyas ramas chorreaban los pajaritos, metidos a medias en sus nidos de paja y de pluma.
En el rancho de Tiburcio estaban solas Carmen, su mujer y Elvira, su hija.
El capataz de tropa de don Clemente Farías, había marchado para “adentro” hacía una semana.
En la cocina negra de humo se hallaban, cuando oyeron ladrar el perro hacia el lado del camino. Se asomó la muchacha y vio a un hombre desmontar en la enramada con el poncho empapado y el sombrero como trapo por el aguacero.
-¡León! ¡León! ¡Fuera! Entre para acá- gritó Elvira.
-¿Quién es?- preguntó la vieja sin dejar de revolver la olla de mazamorra.
-No lo conozco.
La joven volvió al lado de su madre y quedó expectante.
-Buenas tardes.
Agachándose –la puerta era muy baja-, el hombre entró.
-Buenas. Siéntese. ¿Lo ha derrotado l`agua? Sáquese el poncho y arrimeló al fogón.
-Sí, es mejor. Aquí, no más.
El hombre colgó su poncho negro en un gran clavo cerca del fuego y sacudió el sombrero. Después se sentó en un banco.
-¿Viene de lejos? -curioseó la madre.
-De Belastiquí.
-¿Y va?
-Pa l’estancia’e Molina, en el Arroyo Grande. Pensaba llegar hoy a San José, pero me apuré mucho por el agua y traigo cansadazo el caballo. Así que si me deja pasar la noche...
-Comodidá no tenemos ... puede traer su recao y dormir aquí, en todo
caso.
-¡Como no!... Estoy acostumbrao.
La muchacha, ahora acurrucada en un rincón, lo miraba de reojo. Y cuando oyó que iba a quedarse, sintió clarito en el pecho los golpes del corazón.
Es que cada vez más le parecía que aquel hombre delgado y alto, de cara pálida en la que se enredaba una negrísima barba que la hacía más blanca, no tenía aspecto para tranquilizar a nadie...
La vieja le interrumpió sus pensamientos diciendo:
-A ver, aprontá un mate.
Y siguió revolviendo la mazamorra, mientras daba conversación al forastero, que acariciaba el perro y retiraba la mano cuando éste rezongaba desconfiado de tanto mimo.
Elvira tiró la yerba vieja, puso nueva, le hizo absorber primero un poco de agua tibia para que se hinchara sin quemarse. En seguida, ofreció el mate al desconocido. Este la miró a los ojos y ella los bajó, trémula de susto. No sabía porqué. Muchas veces habían llegado así, de pronto, gente de otros pagos que dormían allí y al otro día se iban. Pero esa nochecita, con los ruidos de los truenos y la lluvia, con la soledad, con muchas cosas, tenía un tremendo miedo a aquel hombre de barba negra y cara pálida y ojos como chispas.
Se dio cuenta de que él la observaba. Los ojos encapotados, sorbiendo lentamente el mate, el hombre recorría con la vista el cuerpo tentador de la muchacha...
¡Oh, sí!, había que cansar muchos caballos para encontrar otra tan linda.
Brillante y negro el pelo, lo abría al medio una raya y caía por los hombros en dos trenzas largas y flexibles. Tenía unos labios carnosos y chiquitos que parecían apretarse para dar un beso largo y hondo, de esos que aprisionan toda una existencia. La carne blanca, blanca como cuajada, tibia como plumón, se aparecía por el escote y la dejaban también ver las mangas cortas del vestido. El pecho abultadito, lindo pecho de torcaza; las caderas ceñidas, firmes; las piernas que se adivinaban bien formadas bajo la pollera ligera; toda ella producía unas ansias extraña en quien la miraba, entreveradas ansias de caer de rodillas, de cazarla del pelo, de hacerla sufrir apretándola fuerte entre los brazos, de acariciarla tocándola apenitas... ¡yo qué sé!, una mezcla de deseos buenos y malos que viboreaban en el alma como relámpagos entre la noche. Porque si bien el cuerpo tentaba el deseo del animal, los ojos grandes y negros eran de un mirar tan dulce, tan real, tan tristón, que tenían a raya el apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas pasiones...
Embebecido cada vez más en la contemplación, el hombre sólo al rato advirtió que la muchacha estaba asustada. Entonces, algo le pasó también a él.
Su mano vacilaba ahora al tenerla para recibir o entregar el mate.
Elvira iba entre tanto poniendo la mesa. Luego, los tres se sentaron silenciosos a comer. Concluída la cena, mientras las mujeres fregaban, el hombre fue bajo la lluvia hasta la enramada, desensilló, llevó el recado a la cocina y se sentó a esperar que hicieran la lidia jugando con el perro, con León que, por una presa tirada al cenar, había perdido la desconfianza y estaba íntimo con el desconocido.
-¡Mesmo qu`el hombre!- pensó éste.
Y siguió mirando el fuego y, de reojo, a Elvira.
Cuando terminaron la tarea, la madre desapareció para tornar con unas cobijas.
-Su poncho no se ha secao. Hasta mañana, si Dios quiere.
-Se agradece.
-¡Buenas noches!- deseó la muchacha cruzando ligero a su lado con la cabeza baja.
-Buenas.
Las dos mujeres abrieron la puerta que comunicaba con el otro cuarto, pasaron y la volvieron a cerrar. Al rato, se oyó el rumor de las camas al recibir los cuerpos, se apagó la luz...Todo fue envolviéndose en el ruido del agua que caía sin cesar.
El hombre tendió las cacharpas, se arrebujó en las mantas con el perro y sopló el candil.
El fogón, mal apagado, quedó brillando.
II
Un rato después se empezó a oír la respiración ruidosa y regular de la vieja. Pero en la cama de Elvira no había caído el descanso. Ahora que su madre dormía, el miedo la ahogaba más fuerte. El corazón le golpeaba el pecho como alertándola para que algún peligro no la agarrara en el sueño, y su vista trataba en vano de atravesar las tinieblas... De cuando en cuando rezaba un Ave María que casi nunca terminaba, porque lo paraba en seco cualquier rumor, que la hacía sentar de un salto en la cama.
A eso de la media noche, bien claro oyó que la puerta de la cocina que daba al patio había sido abierta, y hasta le pareció sentir que el aire frío entraba por las rendijas. Tuvo intención de despertar a su madre, pero no se animó a moverse. Sentada, con los ojos saltados y la boca abierta para juntar el aire que le faltaba, escuchó. No sintió nadita. Y aquel silencio, después de aquel ruido, la asustaba más aún. No sentía nadita, pero en su imaginación veía al hombre de la barba negra clavándole los ojos como chispas; veía el poncho negro, colgado del clavo, movido por el viento como anunciando ruina... y como para convencerla de que era verdad que la puerta había sido abierta, seguía sintiendo el aire frío y percibía más claramente el ruido de la lluvia...
En efecto: el hombre, que se echó no más, sobre el recado, se había levantado, lo llevó otra vez a la enramada y, después de ensillar, había salido a pie hasta la manguera que estaba como a una cuadra dejándose pintar de rosado por los relámpagos. El agua le daba en la frente. Por eso avanzaba con la cabeza gacha.
Otro hombre le salió al encuentro, el poncho y el sombrero hecho sopa.
Era un negro.
-¿Están las mujeres solas?- preguntó ansioso.
Sombrío el otro respondió:
-Sí
-La plata tiene qu`estar en algún lao. Empecemos.
-No. No empezamos.
-¿Qué hay?
-Hay que yo no quiero.
-¿Qué no querés?
- Sí, que no quiero.
- ¿Pero estás loco?
-Peor p a mí si m`enloquecí. Pero ya te dije. Vamonós p`atrás.
-¿El qué?
-No hay qué que te valga. Como siempre, te acompaño cuando quieras; pero esta noche, no. Y aquí, menos.
-¡Hum! Si te salieran en luces malas los que has matao, te ciegaría la iluminación, y ahora te ha entrao por hacerte el angelito.
-Nadie habla aquí de bondá. Digo que no se me antoja y se acabó.
-Peor pa vos. Iré yo solo. ¡Que tanto amolar por dos mujeres!
-Es que vos tampoco vas a ir.
-¿Desde cuando es mi tutor el que habla?
-Desde que tengo la tutora- bramó el interpelado tanteándose la daga.
-¡Ah! ¿Querés peliar? ¡Me lo hubieras dicho antes! Seguramente ya habrás hecho la cosa y quedrás la plata pa vos solo. Pero no te veo uñas, mi querido. Venite no más- y desenvainó su cuchillo.
-¡Callate, negro de los diablos!- rugió el otro yéndosele arriba.
A la luz de los relámpagos, entre los charcos, los dos hombres se tiraban a partir. El de la barba negra, medio recogido el poncho con la mano izquierda, fue haciendo un círculo para ponerse de espaldas a la lluvia. Comprendiendo el juego, el negro dio un salto. Pero se resbaló y se fue del lomo. El otro esperó a que se enderezara y lo atropelló. La daga, entrando de abajo a arriba, le abrió el vientre y se le hundió en el tórax.
-¡Jesús, mama!- exclamó el negro.
Fue lo único que dijo. La muerte le tapó la boca.
El otro, en las mismas ropas del difunto limpió su daga. Después enderezó chorreando agua, montó y salió como sin prisa, al trotecito.
-¡Pucha que había sido cargoso el negro!- murmuraba- ¡Le decía que no, y el que sí, y yo que no, y dale! ¡Estaba emperrao!...
La lluvia, gruesa, helada, seguía cayendo.
A eso del atardecer, entre relámpagos y truenos, aquéllas aflojaron y el agua empezó a caer con rabia, con furia casi; como si le dieran asco las cosas feas del mundo y quisiera borrarlo todo, deshacerlo todo y llevárselo bien lejos.
Cada bicho escapó a su cueva. La hacienda, no teniendo ni eso, daba el anca al viento y buscaba refugio debajo de algún árbol, en cuyas ramas chorreaban los pajaritos, metidos a medias en sus nidos de paja y de pluma.
En el rancho de Tiburcio estaban solas Carmen, su mujer y Elvira, su hija.
El capataz de tropa de don Clemente Farías, había marchado para “adentro” hacía una semana.
En la cocina negra de humo se hallaban, cuando oyeron ladrar el perro hacia el lado del camino. Se asomó la muchacha y vio a un hombre desmontar en la enramada con el poncho empapado y el sombrero como trapo por el aguacero.
-¡León! ¡León! ¡Fuera! Entre para acá- gritó Elvira.
-¿Quién es?- preguntó la vieja sin dejar de revolver la olla de mazamorra.
-No lo conozco.
La joven volvió al lado de su madre y quedó expectante.
-Buenas tardes.
Agachándose –la puerta era muy baja-, el hombre entró.
-Buenas. Siéntese. ¿Lo ha derrotado l`agua? Sáquese el poncho y arrimeló al fogón.
-Sí, es mejor. Aquí, no más.
El hombre colgó su poncho negro en un gran clavo cerca del fuego y sacudió el sombrero. Después se sentó en un banco.
-¿Viene de lejos? -curioseó la madre.
-De Belastiquí.
-¿Y va?
-Pa l’estancia’e Molina, en el Arroyo Grande. Pensaba llegar hoy a San José, pero me apuré mucho por el agua y traigo cansadazo el caballo. Así que si me deja pasar la noche...
-Comodidá no tenemos ... puede traer su recao y dormir aquí, en todo
caso.
-¡Como no!... Estoy acostumbrao.
La muchacha, ahora acurrucada en un rincón, lo miraba de reojo. Y cuando oyó que iba a quedarse, sintió clarito en el pecho los golpes del corazón.
Es que cada vez más le parecía que aquel hombre delgado y alto, de cara pálida en la que se enredaba una negrísima barba que la hacía más blanca, no tenía aspecto para tranquilizar a nadie...
La vieja le interrumpió sus pensamientos diciendo:
-A ver, aprontá un mate.
Y siguió revolviendo la mazamorra, mientras daba conversación al forastero, que acariciaba el perro y retiraba la mano cuando éste rezongaba desconfiado de tanto mimo.
Elvira tiró la yerba vieja, puso nueva, le hizo absorber primero un poco de agua tibia para que se hinchara sin quemarse. En seguida, ofreció el mate al desconocido. Este la miró a los ojos y ella los bajó, trémula de susto. No sabía porqué. Muchas veces habían llegado así, de pronto, gente de otros pagos que dormían allí y al otro día se iban. Pero esa nochecita, con los ruidos de los truenos y la lluvia, con la soledad, con muchas cosas, tenía un tremendo miedo a aquel hombre de barba negra y cara pálida y ojos como chispas.
Se dio cuenta de que él la observaba. Los ojos encapotados, sorbiendo lentamente el mate, el hombre recorría con la vista el cuerpo tentador de la muchacha...
¡Oh, sí!, había que cansar muchos caballos para encontrar otra tan linda.
Brillante y negro el pelo, lo abría al medio una raya y caía por los hombros en dos trenzas largas y flexibles. Tenía unos labios carnosos y chiquitos que parecían apretarse para dar un beso largo y hondo, de esos que aprisionan toda una existencia. La carne blanca, blanca como cuajada, tibia como plumón, se aparecía por el escote y la dejaban también ver las mangas cortas del vestido. El pecho abultadito, lindo pecho de torcaza; las caderas ceñidas, firmes; las piernas que se adivinaban bien formadas bajo la pollera ligera; toda ella producía unas ansias extraña en quien la miraba, entreveradas ansias de caer de rodillas, de cazarla del pelo, de hacerla sufrir apretándola fuerte entre los brazos, de acariciarla tocándola apenitas... ¡yo qué sé!, una mezcla de deseos buenos y malos que viboreaban en el alma como relámpagos entre la noche. Porque si bien el cuerpo tentaba el deseo del animal, los ojos grandes y negros eran de un mirar tan dulce, tan real, tan tristón, que tenían a raya el apetito, y ponían como alitas de ángel a las malas pasiones...
Embebecido cada vez más en la contemplación, el hombre sólo al rato advirtió que la muchacha estaba asustada. Entonces, algo le pasó también a él.
Su mano vacilaba ahora al tenerla para recibir o entregar el mate.
Elvira iba entre tanto poniendo la mesa. Luego, los tres se sentaron silenciosos a comer. Concluída la cena, mientras las mujeres fregaban, el hombre fue bajo la lluvia hasta la enramada, desensilló, llevó el recado a la cocina y se sentó a esperar que hicieran la lidia jugando con el perro, con León que, por una presa tirada al cenar, había perdido la desconfianza y estaba íntimo con el desconocido.
-¡Mesmo qu`el hombre!- pensó éste.
Y siguió mirando el fuego y, de reojo, a Elvira.
Cuando terminaron la tarea, la madre desapareció para tornar con unas cobijas.
-Su poncho no se ha secao. Hasta mañana, si Dios quiere.
-Se agradece.
-¡Buenas noches!- deseó la muchacha cruzando ligero a su lado con la cabeza baja.
-Buenas.
Las dos mujeres abrieron la puerta que comunicaba con el otro cuarto, pasaron y la volvieron a cerrar. Al rato, se oyó el rumor de las camas al recibir los cuerpos, se apagó la luz...Todo fue envolviéndose en el ruido del agua que caía sin cesar.
El hombre tendió las cacharpas, se arrebujó en las mantas con el perro y sopló el candil.
El fogón, mal apagado, quedó brillando.
II
Un rato después se empezó a oír la respiración ruidosa y regular de la vieja. Pero en la cama de Elvira no había caído el descanso. Ahora que su madre dormía, el miedo la ahogaba más fuerte. El corazón le golpeaba el pecho como alertándola para que algún peligro no la agarrara en el sueño, y su vista trataba en vano de atravesar las tinieblas... De cuando en cuando rezaba un Ave María que casi nunca terminaba, porque lo paraba en seco cualquier rumor, que la hacía sentar de un salto en la cama.
A eso de la media noche, bien claro oyó que la puerta de la cocina que daba al patio había sido abierta, y hasta le pareció sentir que el aire frío entraba por las rendijas. Tuvo intención de despertar a su madre, pero no se animó a moverse. Sentada, con los ojos saltados y la boca abierta para juntar el aire que le faltaba, escuchó. No sintió nadita. Y aquel silencio, después de aquel ruido, la asustaba más aún. No sentía nadita, pero en su imaginación veía al hombre de la barba negra clavándole los ojos como chispas; veía el poncho negro, colgado del clavo, movido por el viento como anunciando ruina... y como para convencerla de que era verdad que la puerta había sido abierta, seguía sintiendo el aire frío y percibía más claramente el ruido de la lluvia...
En efecto: el hombre, que se echó no más, sobre el recado, se había levantado, lo llevó otra vez a la enramada y, después de ensillar, había salido a pie hasta la manguera que estaba como a una cuadra dejándose pintar de rosado por los relámpagos. El agua le daba en la frente. Por eso avanzaba con la cabeza gacha.
Otro hombre le salió al encuentro, el poncho y el sombrero hecho sopa.
Era un negro.
-¿Están las mujeres solas?- preguntó ansioso.
Sombrío el otro respondió:
-Sí
-La plata tiene qu`estar en algún lao. Empecemos.
-No. No empezamos.
-¿Qué hay?
-Hay que yo no quiero.
-¿Qué no querés?
- Sí, que no quiero.
- ¿Pero estás loco?
-Peor p a mí si m`enloquecí. Pero ya te dije. Vamonós p`atrás.
-¿El qué?
-No hay qué que te valga. Como siempre, te acompaño cuando quieras; pero esta noche, no. Y aquí, menos.
-¡Hum! Si te salieran en luces malas los que has matao, te ciegaría la iluminación, y ahora te ha entrao por hacerte el angelito.
-Nadie habla aquí de bondá. Digo que no se me antoja y se acabó.
-Peor pa vos. Iré yo solo. ¡Que tanto amolar por dos mujeres!
-Es que vos tampoco vas a ir.
-¿Desde cuando es mi tutor el que habla?
-Desde que tengo la tutora- bramó el interpelado tanteándose la daga.
-¡Ah! ¿Querés peliar? ¡Me lo hubieras dicho antes! Seguramente ya habrás hecho la cosa y quedrás la plata pa vos solo. Pero no te veo uñas, mi querido. Venite no más- y desenvainó su cuchillo.
-¡Callate, negro de los diablos!- rugió el otro yéndosele arriba.
A la luz de los relámpagos, entre los charcos, los dos hombres se tiraban a partir. El de la barba negra, medio recogido el poncho con la mano izquierda, fue haciendo un círculo para ponerse de espaldas a la lluvia. Comprendiendo el juego, el negro dio un salto. Pero se resbaló y se fue del lomo. El otro esperó a que se enderezara y lo atropelló. La daga, entrando de abajo a arriba, le abrió el vientre y se le hundió en el tórax.
-¡Jesús, mama!- exclamó el negro.
Fue lo único que dijo. La muerte le tapó la boca.
El otro, en las mismas ropas del difunto limpió su daga. Después enderezó chorreando agua, montó y salió como sin prisa, al trotecito.
-¡Pucha que había sido cargoso el negro!- murmuraba- ¡Le decía que no, y el que sí, y yo que no, y dale! ¡Estaba emperrao!...
La lluvia, gruesa, helada, seguía cayendo.
Francisco Espínola
miércoles, 1 de junio de 2011
3º4 TRABAJO DOMICILIARIO
¡¡SE PUEDE!!
¿QUERÈS MEJORAR? ¿TE GUSTAN LAS HISTORIETAS?
“RODRÍGUEZ” Y SUS DETALLES.
PARTE A:
*EN PRIMER LUGAR ES NECESARIO HACER UNA MINUCIOSA LECTURA DEL TEXTO.
* LUEGO REALIZAR LA DIVISIÒN EN MOMENTOS (TOMAR UNA ACCIÒN CON CLARO COMIENZO Y MARCADO FINAL).
-DESDE ESTA SELECCIÒN LUEGO GENERARÀN EL DIÀLOGO ( NO DEBEN TENER MIEDO SINO, A PESAR DE ÈL, DEJARSE LLEVAR POR LA CREACIÒN) –
PARTE B:
* PRESENTAR CARICATURIZADOS LOS PERSONAJES DEL FRAGMENTO SELECCIONADO, TENIENDO EN CONSIDERACIÒN LAS DEFINICIONES DE ETOPEYA Y GRAFOPEYA.
* ALTERNATIVA PARA QUIÈNES NO QUIERAN DIBUJAR O LES RESULTE DIFICIL: PRESENTAR EL FAMOSO “FOSFORITO” Y EXPONER LOS RASGOS EN FORMA NARRADA UTILIZANDO LOS DATOS DE LAS DESCRIPCIONES.
PARTE C:
* LUEGO DE LA PARTE GRÀFICA, CREAR EL DIÀLOGO QUE VA A SER REPRESENTANTE DE LAS ACCIONES, SENTIRES Y SITUACIONES QUE APARECEN EN EL FRAGMENTO SELECCIONADO.
ES MUY IMPORTANTE MANTENER LA COHERENCIA CON EL TEXTO, NO DESVIARSE DEMASIADO DE LA TRAMA (LA HISTORIA CONTADA CRONOLÒGICAMENTE).
* ¿QUÈ TIPO DE FINAL PRESENTA EL CUENTO?
FINALES:
ABIERTO: la narración presenta posibles continuaciones a realizarse por el lector. Es circular, podría volver a empezar, no queda clara la culminación de la acción principal.
CERRADO: no da lugar a otras interpretaciones, la historia presenta un final claro para la acción. Claro que es posible imaginar, pero los sucesos principales están direccionados y al final quedan cerrados.
OPCIONAL: REALIZAR LA CONTINUACIÒN, SI ES POSIBLE HACERLO.
PREMIO: SE LEERAN LAS CREACIONES DE FORMA ANÒNIMA Y PÙBLICAMENTE (EN LA CLASE), LOS COMPAÑEROS VOTARÀN Y EL GANADOR RECIBIRÀ UN PREMIO ADEMÀS DE LA NOTA QUE TODOS PERCIBIRÀN.
¡¡DÈJATE LLEVAR Y VALÒRATE!!
“SOMOS TODOS DIFERENTES PERO HAY UN CAMINO PARA TODOS”
El primer bosquejo deben entregarlo a: thatiz(arroba)adinet.com.uy.
Luego de la corrección será la entrega final.
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